Redacción: C.V.
En 1861, durante la guerra de secesión en Estados Unidos, el comandante del ejército de la Unión Sullivan Ballou, desde el frente de batalla, escribió una emotiva y bellísima carta a su esposa Sarah. Una semana después moriría en combate. La carta nunca fue enviada. Se encontró posteriormente entre sus pertenencias y el gobernador de Rhode Island se la entregó personalmente a Sarah.
165 años después esta carta nos recuerda lo que es un amor real, intenso, leal...
Aún en la peor de las circunstancias ese hombre tuvo tiempo para acordarse de su Sarah y volcar en un papel todo el amor que sentía y cuanto ella significaba para él. Hoy en día, vamos todo el día con el teléfono en la mano pero no hay un segundo para ponerle corazón a un mensaje. ¿Da qué pensar, verdad?
"14 de julio de 1861
Washington, D.C.
Querida Sarah,
Los indicios son muy firmes de que nos moveremos en pocos días, tal vez mañana. Y para no dejar de poder escribirte de nuevo, me siento impulsado a redactar unas cuantas líneas que puedan llegar ante tus ojos cuando yo ya no exista.
No tengo dudas ni falta de confianza en la causa en la que participo, y mi valor no se detiene ni vacila. Sé cómo la civilización estadounidense depende ahora del triunfo del gobierno y cuán grande es la deuda que debemos a quienes nos precedieron a través de la sangre y el sufrimiento de la Revolución. Y estoy dispuesto, perfectamente dispuesto, a renunciar a todas las alegrías de esta vida para ayudar a mantener este gobierno y pagar esa deuda.
Sarah, mi amor por ti es inmortal. Parece atarme con cables tan poderosos que nada, salvo la Omnipotencia, puede romper. Y, sin embargo, mi amor por la patria se apodera de mí como un viento fuerte y me arrastra irresistiblemente, con todas estas cadenas, hacia el campo de batalla.
El recuerdo de todos los momentos dichosos que he disfrutado contigo viene a agolparse sobre mí, y me siento profundamente agradecido con Dios y contigo por haberlos disfrutado durante tanto tiempo. Y cuán difícil es para mí renunciar a ellos y reducir a cenizas las esperanzas de los años futuros cuando, Dios mediante, aún podríamos haber vivido y amado juntos y visto a nuestros hijos crecer hasta alcanzar una hombría honorable a nuestro alrededor.
Si no regreso, mi querida Sarah, nunca olvides cuánto te amé, ni que cuando mi último aliento se escape de mí en el campo de batalla, susurrará tu nombre. Perdona mis muchas faltas y los muchos dolores que te he causado. Qué irreflexivo, qué tonto he sido a veces.
Pero, oh Sarah. Si los muertos pueden regresar a esta tierra y revolotear invisibles alrededor de quienes aman, estaré siempre contigo en el día más brillante y en la noche más oscura. Siempre. Siempre.
Y cuando la suave brisa abanique tu mejilla, será mi aliento; o el aire fresco tu sien palpitante, será mi espíritu pasando. Sarah, no me llores como a un muerto: piensa que me he ido y espérame, porque nos volveremos a encontrar."


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